NUEVA YORK.─ Lo que mostró Tony Batista en sus redes sociales no es un video más ni un intento de llamar la atención, es una denuncia cruda, directa y difícil de ignorar.
Desde Mao, el exgrandesligas puso en evidencia el estado deplorable del Estadio Alcibíades Colón, una instalación que debería ser semillero de talento y orgullo comunitario, pero que hoy luce como un terreno abandonado, invadido por animales y desprovisto de toda funcionalidad deportiva.
Batista no habló como figura distante ni como comentarista ocasional. Habló como protagonista de una historia que comenzó precisamente en ese tipo de escenarios, en condiciones incluso más precarias, pero con una diferencia clave, en aquel entonces, había uso, había vida, había propósito.
Hoy, lo que se observa es abandono. Y ese abandono no solo deteriora una estructura física, sino que destruye oportunidades para nuevas generaciones que sueñan con seguir el mismo camino que él recorrió hasta las Grandes Ligas.
Durante su intervención, el exjugador no se limitó a señalar el problema. Fue más allá. Se dirigió directamente al gobierno de la República Dominicana y al Ministerio de Deportes, encabezado por Kelvin Cruz, con un planteamiento claro: está dispuesto a trabajar, a administrar el estadio, a rescatarlo.
En un país donde tantas veces se critica la falta de propuestas, Batista puso una sobre la mesa, sin rodeos.
Sus palabras tienen un peso particular porque no provienen de la improvisación. Hablamos de un pelotero que jugó 11 temporadas en las Grandes Ligas, que disputó más de 1,300 partidos, conectó 221 cuadrangulares y remolcó 718 carreras.
No es solo un nombre; es experiencia acumulada, conocimiento del sistema, entendimiento de lo que significa formar talento desde abajo.
Cuando afirma que “así empezó él”, no está romantizando el pasado, está señalando que el presente sigue fallando en aspectos básicos.
Tony Batista muestra, a través de su cuenta de Facebook, las deplorables condiciones del Estadio Alcibíades Colón de Mao, invadido por animales como se observa en la imagen, reflejo del abandono de una instalación clave para el desarrollo deportivo.
El video también deja entrever una realidad incómoda, cuando una instalación deportiva cae en desuso, otros la ocupan. No por malicia, sino por ausencia de autoridad.
Lo que hoy parece una “finca improvisada” dentro del estadio es, en el fondo, el resultado de una cadena de descuidos institucionales. Y esa imagen, difundida públicamente, golpea directamente la credibilidad de las políticas deportivas.
Más allá del caso específico de Mao, lo que se revela es un problema estructural que se repite en distintas regiones del país.
Mientras la República Dominicana continúa siendo una potencia exportadora de talento hacia las Grandes Ligas, muchas de sus instalaciones comunitarias viven en el abandono.
Es una contradicción evidente, el éxito internacional convive con el descuido local.
El mensaje de Batista también tiene un componente humano que no puede pasarse por alto.
Él mismo reconoce estar sin trabajo, pero en lugar de quedarse en la queja, plantea una solución: denme la oportunidad de aportar. Incluso menciona la posibilidad de un decreto, no como un capricho, sino como una vía para formalizar una gestión que, según su visión, podría devolverle vida al estadio.
En un contexto donde muchas veces se cuestiona la falta de compromiso de figuras retiradas, aquí hay una que quiere involucrarse.
Hay una frase en su intervención que resuena con fuerza: si estuviera diciendo algo incorrecto, ya lo hubieran mandado a callar.
Esa línea no solo refleja su carácter, también expone una verdad incómoda, el silencio institucional, hasta ahora, pesa tanto como las imágenes del abandono.
Porque cuando no hay respuesta, se valida, aunque sea de forma indirecta, la denuncia.
El Ministerio de Deportes no solo está llamado a construir o inaugurar obras; su responsabilidad real comienza después, en el mantenimiento, en la gestión, en garantizar que esos espacios cumplan su función social.
Un estadio en ruinas no es solo un problema estético, es una señal de desconexión entre las autoridades y las comunidades que dependen de esos espacios para desarrollarse.
Lo que ocurre en el Estadio Alcibíades Colón no debería verse como un caso aislado ni como una simple denuncia viral. Es una advertencia.
Cada día que pasa sin intervención es un día perdido para jóvenes que podrían estar entrenando, formándose, encontrando disciplina y oportunidades dentro de un terreno de juego. En cambio, lo que encuentran es abandono.
El gobierno dominicano tiene ante sí una oportunidad concreta: convertir esta denuncia en un punto de inflexión. Escuchar a Tony Batista, evaluar su propuesta, intervenir la instalación y, más importante aún, establecer un modelo de gestión que evite que otros estadios lleguen al mismo estado.
No se trata solo de responder a una figura conocida, sino de asumir una responsabilidad que impacta directamente en el futuro deportivo del país.
Porque al final, lo que está en juego no es un estadio. Es el camino de quienes todavía no han tenido la oportunidad de pisar uno en condiciones dignas.









