La salida de Alex Cora de los Medias Rojas de Boston deja una sensación clara, La gerencia necesitaba un responsable inmediato y decidió señalar al dirigente más visible, aunque el verdadero problema parece estar mucho más arriba.
Despedir a Cora apenas un mes después de iniciar la temporada 2026, con marca de 10-17, no parece una decisión de análisis profundo, sino una reacción impulsiva de una oficina que no quiso esperar ni asumir su parte en el fracaso.
Más sorprendente aún fue el momento elegido. La decisión llegó después de la mejor victoria del equipo en la campaña, una paliza 17-1 sobre los Orioles de Baltimore.
Craig Breslow, jefe de operaciones de béisbol, defendió el movimiento diciendo que el equipo necesitaba nuevas voces y un nuevo comienzo.
Sin embargo, cuesta creer que un dirigente con el historial de Cora fuera el principal problema.
Estamos hablando del manager que llevó a Boston al título de Serie Mundial en 2018, un líder respetado dentro del clubhouse y un hombre que incluso tenía contrato vigente hasta 2027 tras una reciente extensión.
Si en tan solo un mes ese proyecto dejó de tener valor, entonces la pregunta no debe ser por qué salió Cora, sino por qué la gerencia construyó un equipo incapaz de responder a las expectativas.
La ofensiva ha sido una de las peores de la liga, el pitcheo tampoco ha sido dominante y la inconsistencia general del roster ha sido evidente. Eso no se resuelve simplemente cambiando al manager.
Trevor Story lo dijo con honestidad: no parecía justo. Y tiene razón. Porque cuando los jugadores fallan, cuando las decisiones de oficina no dan resultado y cuando el proyecto deportivo no funciona, despedir al dirigente suele ser la salida más fácil. Es la forma más rápida de enviar un mensaje sin tocar las verdaderas raíces del problema.
Boston no solo perdió a su manager; también dejó la impresión de que prefirió proteger a la gerencia antes que respaldar a uno de sus líderes más exitosos.
Alex Cora terminó pagando una factura que probablemente no era solo suya.
Ahora la presión cambia de lugar. Si los resultados no mejoran, ya no habrá un dirigente al que señalar.
Entonces quedará claro que el verdadero error no estaba en el dugout, sino en las oficinas donde se toman las decisiones.









