YANKEE STADIUM, BRONX, NY.─ Hay fechas que pertenecen al calendario y otras que pertenecen a la historia.
Para Luis Rojas, el 23 de septiembre debería estar entre estas últimas.
Setenta años después de que Osvaldo “Ozzie” Virgil se convirtiera en el primer dominicano en jugar en las Grandes Ligas, (1956) el coach de los Yankees de Nueva York entiende que aquella hazaña merece mucho más que una fotografía, una muñequera conmemorativa o un reconocimiento ocasional.
Rojas considera que ha llegado el momento de mirar esa fecha con una dimensión mucho más profunda y convertirla en una verdadera celebración del origen, el sacrificio y el legado del béisbol dominicano en las Grandes Ligas.
“Yo pienso que se pueden hacer todavía más cosas donde nosotros le podemos enseñar al mundo los orígenes del béisbol dominicano y lo que hizo Don Osvaldo Virgil y otras personalidades que nosotros también exaltamos todos los años en esta fecha”, expresó Rojas.
Su planteamiento deja abierta una interrogante que trasciende el terreno de juego: ¿cómo debería conmemorarse una fecha que representa el comienzo de una de las historias de mayor crecimiento e impacto del béisbol latinoamericano?
Para Rojas, no se trata simplemente de recordar a un pelotero que debutó hace 70 años.
Se trata de reconocer al hombre que abrió una puerta por la que posteriormente entraron cientos de dominicanos, incluyendo su propio padre, Felipe Rojas Alou, quien llegó a las Grandes Ligas apenas 18 meses después de Virgil.
“Estoy contigo en que se puede hacer todavía algo incluso más grande para darle a saber a todos los dominicanos y a toda Latinoamérica lo grande que es este día para el pueblo dominicano y el béisbol”, manifestó.
La reflexión adquiere una dimensión especial viniendo de un hombre cuya propia familia forma parte de esa historia.
Una puerta que nunca volvió a cerrarse
Cuando Virgil apareció en las Grandes Ligas el 23 de septiembre de 1956 con los Gigantes de Nueva York, nadie podía conocer el alcance que tendría aquel momento décadas después.
Pero aquel primer paso terminó convirtiéndose en una puerta abierta para generaciones enteras de jugadores dominicanos.
Luis Rojas lo expresa desde una perspectiva personal, familiar y profesional.
“Todo esto se lo debemos directamente en este mundo a Don Ozzie. Lo considero un amigo, un amigo íntimo de la familia. Jugó con mi padre, jugó con mis tíos y fue una gran persona, siempre con grandes anécdotas”, recordó.
La relación entre Virgil y la familia Rojas Alou fue mucho más allá del terreno de juego.
Luis tuvo además la oportunidad de trabajar con Virgil durante su etapa con los Mets de Nueva York, lo que le permitió conocer de cerca al hombre que había protagonizado aquel momento histórico.
“Pude trabajar con él en los Mets de Nueva York y, de verdad, estamos viendo hasta el día de hoy cómo esa puerta que él abrió, ese camino que él le abrió a muchos dominicanos, todavía estamos beneficiándonos de eso”, sostuvo.
Virgil y Felipe Alou, los primeros capítulos
La historia adquiere todavía mayor significado cuando se recuerda que Felipe Rojas Alou llegó a las Grandes Ligas solamente 18 meses después del debut de Virgil.
Pero los caminos de ambos fueron diferentes.
“Los caminos fueron un poco diferentes. Papi fue el primero que vino desde la isla e hizo la trayectoria sin conocer el idioma y eso. Ozzie sí conocía el idioma un poquito más y estaba un poco más culturizado aquí”, explicó Luis.
A pesar de esas diferencias, existió siempre un profundo vínculo de respeto entre ambos.
“Papi quería muchísimo también a Ozzie Virgil, al ‘Orégano’, como él le decía. Mucha gente lo conocía también por ese apodo”, recordó.
Para Luis, ese vínculo familiar forma parte de una deuda histórica que todavía permanece viva.
“El respeto que tenemos la familia Rojas y el respeto que tiene todo el mundo que está en el béisbol hacia Ozzie Virgil es quizá el respeto más elevado que hay, porque se lo debemos a todos”, afirmó.
Una responsabilidad que pasa de generación en generación
Rojas entiende que los actuales jugadores dominicanos tienen algo más que una oportunidad profesional: tienen una responsabilidad histórica.
“No debemos perder nunca nuestra historia, nunca nuestro legado como dominicanos”, advirtió.
Cada jugador, según su reflexión, representa mucho más que su propio nombre.
“Cada uno de nosotros está representando una familia en particular, pero estamos representando un país. Y directamente vamos a decir que estamos representando a la persona de Ozzie Virgil, porque Ozzie fue el que abrió la puerta”, manifestó.
Para un coach que ha vivido el béisbol desde diferentes posiciones y que pertenece a una familia que ayudó a construir esa historia, el recuerdo de Virgil no puede convertirse simplemente en una ceremonia anual.
“Yo, como coach, porque él también fue coach, de verdad que le debemos bastante a Ozzie Virgil por abrir ese legado de los dominicanos aquí en el mundo de las Grandes Ligas”, agregó.
La transformación que comenzó con Virgil resulta evidente siete décadas después.
Rojas observa que la República Dominicana pasó de ser un territorio al que las organizaciones de Grandes Ligas apenas comenzaban a mirar, a convertirse en uno de los principales centros internacionales de desarrollo de talento del béisbol.
“El negocio está a todo vapor”, dijo.
El crecimiento no se limita a los jugadores. También se ha expandido hacia las academias, la exploración, el desarrollo, la preparación y diferentes áreas administrativas de las organizaciones.
“Hay un sinnúmero de trabajos en el área de exploración, de preparación, de dirección de academias y de muchísimas cosas que han pasado allá en nuestro país gracias al béisbol”, señaló.
Rojas considera que la barrera que alguna vez enfrentaron Virgil y los primeros dominicanos quedó atrás hace mucho tiempo.
“Quizás era un poquito más difícil en esos tiempos que ellos jugaron para poder llegar a donde Ozzie llegó, donde papi llegó y otros dominicanos de ese tiempo”, explicó.
Hoy, la realidad es completamente distinta en cuanto a la estructura de desarrollo y la relación entre las organizaciones de Grandes Ligas y la República Dominicana.
“Ahora mismo contamos con academias allá en República Dominicana, con contacto directo con todas las organizaciones aquí en Grandes Ligas. Los dueños van, visitan y hacen muchísimas cosas. Todo eso está roto hace mucho y, gracias a Dios, nosotros los dominicanos hemos sido muy beneficiados en el juego de béisbol”, expresó.
La propuesta de Luis Rojas no necesariamente establece cómo debe hacerse esa celebración. Pero sí coloca sobre la mesa la necesidad de pensar en grande.
Una fecha que conmemore oficialmente el primer paso de un dominicano en las Grandes Ligas podría convertirse en una oportunidad para contar la historia de Virgil, Felipe Alou y todos aquellos pioneros que siguieron después.
También podría servir para acercar a las nuevas generaciones a la historia de quienes hicieron posible que hoy cientos de dominicanos tengan presencia en las Grandes Ligas.
Actualmente, los jugadores reciben iniciativas conmemorativas y participan en fotografías para respaldar el movimiento.
Rojas mismo explicó que cada año recibe una muñequera alusiva a la fecha y que los jugadores son invitados a enviar fotografías individuales o grupales.
Pero considera que el significado puede ser mucho mayor.
“Yo creo que se pueden hacer todavía más cosas”, insistió.
Y su mensaje apunta precisamente hacia eso: que el mundo conozca no solamente al jugador que abrió la puerta, sino también todo lo que ocurrió después de aquella histórica entrada.
“Estoy contigo en donde yo creo que se puede hacer todavía algo incluso más grande para darle a saber a todos los dominicanos y a toda Latinoamérica lo grande que es este día para el pueblo dominicano y el béisbol, que es el deporte que todos nosotros amamos allá en nuestra isla”, concluyó.
Setenta años después, el nombre de Osvaldo Virgil continúa apareciendo cada vez que un dominicano pisa un terreno de Grandes Ligas.
Para Luis Rojas, recordar a Virgil no es solamente mirar hacia atrás. Es reconocer de dónde viene una historia que todavía se está escribiendo.
Y quizás ese sea precisamente el mensaje más poderoso de este 23 de septiembre: una puerta que Virgil abrió hace 70 años continúa abierta para las generaciones que todavía sueñan con cruzarla.








