Esta mañana estuve pensando sobre el afán que nos embarga el simple hecho de sobrevivir hasta el final de cada día con tantas ocupaciones y tomas de decisiones antes de ir a la cama; pensaba cómo esto se convierte en una hazaña titánica que nos mantiene en modo alerta aún cuando llega la hora de estar en modo REM.
Y es que, a medida que pasan los años mal aprendemos que una agenda llena, una persona “multitasking” y un sin fin de actividades se traduce en un ser humano ejemplar y productivo, cuando lo cierto es, que estamos dejamos de lado algunos aspectos de nuestra esencia que se ven eclipsados por ese afán que muchas veces padece de esterilidad.
Por otro lado, el ser humano es una especie que vive y se desarrolla en sociedad; la soledad no es un estado que debe durar toda la vida porque limita el desarrollo de ese ser en múltiples áreas. Una de ellas es la solidaridad.
La solidaridad consiste en observar y ayudar en diferentes maneras a otra persona sin esperar nada a cambio, nisiquiera un “gracias”. Es sentir lo que otro siente y extenderle la mano de manera humilde y discreta, aún cuando le cueste pedirte el favor.
Uniendo todos estos conceptos me puse a discurrir sobre mi otro yo; que no necesariamente mi otro yo se limita es esa parte negativa y a las sombras de mi vida o a esa personalidad arbitraria a la que muestro día a día, no, para nada! porque si algo caracteriza a muchas personas es la honestidad y el privilegio de tener el mismo comportamiento sin importar el escenario en el que se encuentre.
Por lo cual “mi otro yo” no siempre está dentro de mi.
Así que resoluté que mi otro yo son mis amigos, mi familia, mis colegas, mis conocidos, el vendodor, la cajera, el chofer, etc. todo aquel que comparte los privilegios de este planeta y la gracia de estar vivo: un regalo precioso de Dios.
Por lo cual, amar y cuidar a mi otro yo es un derecho inalienable que posee mi otro yo como ente social e hijo de Dios.
La misma Biblia, mi libro guía por excelencia, en el libro de Levíticos, en Mateo, en la carta a los Romanos y otros libros, me insta de manera sensata a amar a los demás como si fuera a amarme a mi misma, o sea, mi otro yo. Y no es cuestión de prioridades ni discriminación, tampoco es si yo quiero o si me cae bien el otro, no! Es un deber que tengo como parte indispensable de este universo.
Todos somos creados por Dios y contamos con el mismo Salvador que murió y resucitó por nosotros: El Maestro Jesús, por lo cual es tarea obligatoria tratar a mi otro yo con toda la paciencia y el cuidado que yo practico para mi. Con el mismo proceder que empleo conmigo y de la manera que me gusta que me traten.
Amémosno los unos a los otros, querido lector y sigamos el mejor ejemplo que está en Jesús.









