Cada comienzo de año y cada cierto tiempo nos vemos forzados, amablemente, a hacer promesas para cumplir con ciertas metas; metas que nos benefician, casi siempre, a nosotros mismos.
Son esas metas que nos proponemos a medida que ajustamos nuestros gustos y entornos.
Y, para cumplir esas metas, nos llenamos de promesas, como: voy a hacer esto, voy a mejorar aquello, o dejaré de hacer lo otro, entre otras promesas, siempre con la finalidad de llegar a la meta grande, a la meta final.
En cambio, cuando estas promesas incluyen a otras personas, ya sea porque nos ayudará a alcanzar nuestra meta o porque esa meta lleva consigo el trabajo en conjunto para que pueda ser alcanzada, esta promesa toma un matiz de pacto.
Un pacto es algo que viene de una promesa, pero con una connotación muy seria y de carácter formal, casi siempre inquebrantable.
El que nos ha enseñado sobre pactos es nuestro Señor Dios, que desde la creación del universo nos ha prometido su cuidado y protección de tal manera que cuando Él ejecuta un pacto, no hace más que demonstrar su inmenso amor hacia cada uno de nosotros.
Querido lector, Dios es un Dios de pactos y promesas immutables; nuestra confianza en Él puede darse el lujo de reposar tranquila, porque dice Su Palabra, en el libro de Números 23:19, que nuestro Dios no cambia de opinión, ni miente, ni se arrepiente de sus promesas, como los seres humanos.
Por tal motivo, cuando hagamos promesas y estemos trabajando en nuestras metas, por más sencillas que sean, lo que más nos conviene es ponerlas en las manos de Dios.
Confiar en que Él las aprobará primero, por nuestra seguridad y luego las bendecirá y se cumplirán de la mejor manera en el tiempo más adecuado.
La Biblia nos nuestras cómo Dios pactó con sus hijos que le obedecieron y cumplió cada uno de esos pactos sin que le “tiemble el pulso”, pues en ese mismo Dios te recomiendo anclar todos tus planes porque, lamentablemente, son muchos los hijos de Dios que se hallan coqueteando con con la oscuridad y aceptando pactos con entidades que mienten, y cuando cumplen, el precio a pagar es sumamente caro e inhumano.
A ser hijos de luz somos llamados porque la luz de Jesús vive en nuestro interior.
Piénsalo y elige siempre la luz de Jesús.









