Para mi siempre ha sigo una reto compartir con alguien por mucho tiempo y quedarme observando su comportamiento y decisiones SIN emitir una opinión.
Estamos rodeados de buenas personas, algunas muy cercanas, otras, solo allegadas, pero con todas tenemos la dicha de tener una relación e intercambiar opiniones y alguna que otra sugerencias o “advices”, como dirían los norteamericanos.
No es de dudar, que el ser humano tiende a ver sus debilidades y defectos un poco más claros en la persona de al lado, pero muy difuso cuando trata de reconocerlos en sí mismo. Esto lleva a muchas personas a dar númerosas sugerencias cuando está al frente de alguien o cuando se entera que la otra persona ha tomado una decisión, cualquiera que sea.
Muchas sugerencias que nadie les pidió.
Y realmente es muy lindo cuando las personas comparten sus asuntos y se piden sugerencias mutuamente, pero hay un “sector de la sociedad” que emite sus opiniones y sugerencias sin pedírselas.
Este acto genera un estrés innecesario, porque no todas las personas necesitan una sugerencia en ciertos momentos y si acaso la piden, tiene el total derecho de acatarla o solamente escucharla y hacer todo lo opuesto; realmente es su derecho inherente.
Esto, para el que da su “sobrante” sugerencia, se traduce en una decepción porque no se hizo lo que “supuestamente” debió hacer la persona aconsejada.
Una decepción que de adhiere al pensamiento del que da la sugerencia y tiene la potestad (y digo potestad en el oscuro sentido de la palabra) de alterar sigilosamente el modo en que se mira al aconsejado que no ha ejecutado el consejo y/o sugerencia.
No se sabe realmente qué ocasiona mayor malestar, el simplemente ver que no se ha llevado del consejo o el externarle que no se ha llevado del consejo.
Al final, ambas acciones son balas evenenadas, ya sea que se queden en el pensamiento del uno o que se le deje saber al otro.
No necesitamos balas, no pistolas, ni andar aconsejando como si fuésemos agencias consultoras, si no sabemos gestionar nuestras emociones cuando llegue un resultado adverso.
Siempre apelemos a la doble prudencia y escuchemos más de lo que habmamos; “la lengua es el castigo del hombre”, bien lo dice La Santa Biblia. Esperemos un poco más y quizás nos pregunten como quién anhela una buena respuesta: “qué opinas de esto y qué crees que puedo hacer?”
Pensemos en esto, mi querido lector.









