Siempre he notado que hay una relación directa entre las personas que se quejan constantemente y la cantidad de problemas que se le presentan en la vida. Es como si a las personas que no se andan quejando repetidamente, la vida los premia con el privilegio de ver reducidos sus problemas.
Las quejas no son más que expresiones de descontento, inconformidad e insatisfacción.
Cuando nos quejamos, estamos subrayando lo más negativo de nuestro día y enfocando con luz alta, que dentro de todas las bendiciones que nos regala el Padre, seguimos inconformes.
Si de manera rutinaria observamos el famoso “vaso medio vacío” y nunca lo vemos “medio lleno” estamos decretando que necesitamos más, que lo que tenemos no nos sacia, que todo debe ser mejor de lo que está, que siempre algo sale mal; y pongo la mano en fuego, mi querido lector, afirmando que mientras estemos conectados con el lenguaje de la queja y la necesidad, no existe ni existirá nada que nos complazca y nos haga sentir conformes y completos.
Esbozar una queja tras otra es decirle al mismo Dios: Padre, lo que tú has hecho pudo haber sido mejor, lo que me has dado no me alcanza y quiero más, corrige lo que hiciste y hazlo mejor.
En el mejor de los casos, las quejas pueden ayudar a corregir lo que está mal o buscar una solución a algo que no anda bien. Si la queja es bien fundada y va acompañada de una acción, automáticamente pierde su nombre y pasa a ser una situación mejorada. Si la queja, y aquí hago énfasis, va dirigida a nuestro Dios todopoderoso, en oración y ruego para que nos ilumine, nos corrija y subsane la situación de la cual es objeto la queja, entonces estamos ante una diáfana actitud de cambio y mejora en nuestras vidas; porque orar a Dios, generalmente conlleva un cambio de actitud y somos guiados a obedecer lo que Dios nos susurra en nuestras oraciones.
Mostrarnos desnudos de pensamiento ante Dios, nos da la grandiosa oportunidad de ser evaluados y corregidos, de mirar la queja como una oportunidad de mejorar lo que sucede.
Sumado a esto, quejarnos de rodillas ante Dios, que todo lo puede cambiar, nos muestra, no solo quién es el autor de la perfección en nuestra vida, sino que nos impulsa a agradecer lo que ya tenemos, lo que ya somos y la fortuna que poseemos solo con el hecho de existir, de respirar, de poder ver y usar nuestros sentidos para percibir todo lo que nos rodea.
Amado lector, que tu queja no sea una “cantaleta” y que si alguien te escoge para depositar sus quejas, puedas tener la autoridad de mostrarle posibles soluciones; muéstrale a Dios.
Podría decirte lo que comúnmente se ordena en la sociedad de hoy: “aléjate de las personas que se quejan todo el tiempo”, pero como cristiana y como una vasija útil en la vida de los demás por la gracia de Dios, prefiero darte una hermosa sugerencia: conviértete en esa persona que ayuda al que se queja, que le muestra la manera de quejarse sanamente y de rodillas y que convierte las quejas en pajas diminutas para valorar las bendiciones que goza el que se queja y que aún no ha podido ver por su estado de protesta.
La Santa Biblia nos educa sobre las quejas, citando: “Olvidaré mi queja… y me esforzaré” en Job 9:27.
Antes de expulsar las quejar de nuestras bocas, esforcémonos y generemos cambios convirtiendo las quejas en oportunidades, no dejando que el bucle en el que ruedan las quejas, nos atrape.
Se un ser de luz, un ente de cambio positivo y un alma contagiosa de agradecimiento y paciencia.
Cambia tus quejas por alegría.
De qué te quejas? De qué te pierdes cuando te quejas? Quejarte ante los demás te ofrece más solución que quejarte con Dios y tomar una acción?
Piénsalo mi querido lector…









