Acampando con unas amistades al norte de la ciudad de Nueva York, me puse a pensar sobre el concepto ¨soledad¨ y las atribuciones que le hemos otorgado. Si bien, es todo lo contrario a disfrutar en compañía, es menester aclarar que dentro de un grupo de personas puedes sentirte solo-a.
En un mundo que a veces suele ser abrumador, lleno de incertidumbre o desafíos, hay una certeza infalible: Dios está con nosotros.
Normalmente estamos rodeaos de personas alegres, de familiares y seres queridos que nos hacen sentir sumamente bien, como lo fue mi caso en dicho campamento; pero otras veces atravesamos momentos oscuros, difíciles y con tormentas que nos hacen sentir todo lo contrario al bienestar de paz que nos ofrecen las demás personas, y es allí cuando dudamos de nuestra capacidad de continuar y optamos por socializar con la soledad y abrirle la puerta de nuestro corazón porque es más fácil sentirnos solos que tratar de explicar nuestro dolor.
En esos momentos de lejanía social, antesala de la soledad, Dios está de continuo a nuestro lado.
Él nunca se aparta; su paz y su fuerza para seguir adelante están dispuestas para nosotros.
La presencia de Dios no es algo que se necesite buscar en lugares lejanos o en momentos extraordinarios; Dios está en lo cotidiano, en tu casa, en el amanecer, en una sonrisa de un ser querido, en el momento de degustar un alimento, en nuestra fuerza interior que nos hace avanzar paso a paso.
La Biblia nos recuerda en el Salmos 23 que aunque pasemos por valles de sombre de muerte, no hay que temer porque Dios está con nosotros, en adición a esto, nos enseña a sociabilizar y a reconocer los beneficios que tiene para el alma tener paz aún en la soledad.
Como un abrazo invisible que nos envuelve con ternura es la presencia de Dios en nuestra soledad. No es un motivo de tristeza, es nuestra aliada si la aprovechamos para buscar la comunión con Dios y hablar íntimamente con Él, escuchando su voz en el silbo apacible de nuestro torrente de pensamientos.
Ese susurro en el silencio, esa respuesta inesperada a nuestro problema, ese momento cuando cesa la tristeza para dar paso a la fortaleza, no es acaso un recordatorio de que Dios está con nosotros?
Te invito, querido lector a abrir tu corazón, sostener tu soledad y recordarle que Dios está a tu lado y nunca te dejará.
Te agradecemos Dios por tu presencia constante en nuestras vidas y reconocemos que en nuestra soledad te sabes manifestar grandemente.
Oremos…









